el cambio de actitud

Hay cosas que no están bajo nuestro control, desde que llueva hasta que le caigamos bien a nuestro jefe. En algunas de ellas se puede influir algo, controlando qué decimos o cómo lo decimos, que sí pueden tener repercusión en las decisiones y los gustos de otros, pero en último extremo, no están bajo nuestro control.

Sí lo está nuestra actitud al respecto: podemos pensar que con la lluvia se nos ha estropeado una tarde de hacer recados, podemos cambiar esa tarde y aprovechar para hacer otra cosa, o podemos pensar que no es tan grave y que la mayor parte de los recados los íbamos a hacer en una tienda, donde no llueve.

Podemos lamentarnos y quejarnos de que nuestro jefe nos tiene manía, o podemos hacer nuestro trabajo igual, tratarle con respeto igual, como trataríamos a cualquier desconocido, y pensar que nuestro jefe no tiene por qué ser nuestro amigo.

Y estas últimas decisiones están por completo bajo nuestro control. No se trata de resignarse a cualquier cosa, sino de aceptar que no todo es como nos gustaría, que la gente piensa de forma distinta a la nuestra y que las cosas no son buenas o malas al cien por cien, sino que hay grises.

La actitud hacia algo es la valoración positiva o negativa que hacemos de una cosa, abstractas o concretas, ideas o conductas, personas o grupos.  Se forma por la conjunción del pensamiento sobre algo, el sentimiento hacia algo y el comportamiento con algo.

A veces, el pensamiento, el sentimiento y el comportamiento son consonantes, y otras no, hay uno en discordia, lo que daría lugar a una actitud ambivalente (el ejemplo típico sería la actitud hacia la dieta o el tabaco, cuando no se consigue cambiar un hábito). Esta ambivalencia a veces no es consciente y a veces crea malestar. Algo sobre lo que también se tiene control: la valoración positiva o negativa de ese aspecto, se elige. Se revisa cuáles son los tres aspectos hacia ese aspecto, cómo pensamos, qué emociones nos trae y cómo actuamos en esa situación, se busca la consonancia, y se cambia el que no nos guste.

Aunque el cambio sea posible, no quiere decir que haya que tener una actitud positiva hacia todo. Para nada, todo el mundo tiene la libertad de opinar sobre lo que quiera, sobre religión, sobre ideas políticas, sobre quién le cae bien, sobre cómo sería la forma correcta de hacer las cosas…

Y asimismo, todo el mundo tiene la libertad de ser más feliz y si para eso sólo tiene que cambiar la valoración de un par de cosas de su vida que no le gustan y que son irremediables pues… ¡bienvenido, cambio de actitud! A veces basta con intentar ponerse en la piel del de enfrente, pensar que tiene buenas intenciones y aspectos positivos, y de ahí sacar el nuestro. Con ganas, se pueden ver las cosas de otra manera.

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