la atracción de la tristeza

La rehuimos en nuestra vida, al mismo tiempo que la buscamos en películas y libros, o en momentos pasados que nos ponen nostálgicos.

¿La tristeza nos gusta o nos asusta? Pues de todo un poco,  ¿no?

Es lo normal, la tristeza es una emoción primaria y, como tal, aparece en todas las culturas, tiene una expresión facial reconocible universalmente y se considera biológicamente adaptativa:  sirve para recuperarse de una pérdida, para reenfocar la atención sobre uno mismo y para replantearse las metas. Con lo cual a veces resulta tranquilizadora, pero otras veces duele.

Y es que, como cualquier otra emoción básica, surge como respuesta a un evento. Y el tipo de evento marca la intensidad. En el caso de la tristeza, el suceso puede estar relacionado con una pérdida (de una persona, de un objeto, de una situación que ha cambiado…) o con considerar que es imposible que consigamos una meta, porque ha aparecido un obstáculo y concluimos que no tenemos las capacidades necesarias para revertir la situación en nuestro favor. Este caso, también se puede interpretar como una pérdida, de las capacidades que creíamos que teníamos o de la meta que íbamos a conseguir.

La importancia del evento que provoca tristeza puede ser muy variado: desde que se nos haya estropeado nuestra camiseta favorita hasta que se muera un familiar. Obviamente, la magnitud de la emoción será proporcional.

Sin embargo, en algunos casos, la respuesta emocional no es tan proporcional, ni tan adaptativa. A veces, no se considera tanto una emoción como una actitud cognitiva emocional , que es un estado más duradero, en el que se hace más frecuente la aparición de una emoción concreta, y que se prolonga más allá de la respuesta a un evento. Y puede que se convierta en estado de ánimo o rasgo de carácter.

Este artículo trata de la tristeza, pero esto puede ocurrir también con otras emociones: rabia, miedo, vergüenza…

Hay quien llama a esta actitud emocional adicción a una emoción, a los péptidos y hormonas que cada emoción provoca, a los que más a menudo circulan por nuestro cuerpo.

Y es que bajo el influjo de una emoción, además de la expresión de la cara y la postura corporal, ocurren muchos otros cambios: a nivel endocrino la sangre se llena de un tipo u otro de hormonas, que nos preparan para la reacción que cada emoción exige. A nivel muscular cambia el tono, así como la frecuenta cardíaca, respiratoria… Y nos acostumbramos a estos cambios.

Y a nivel cognitivo también se producen muchos cambios: atencionales, sesgos interpretativos, sesgos en el aprendizaje, en la memoria…

Si uno vive desde hace un tiempo con el estado emocional de  tristeza, ocurren los siguientes cambios.

Cada vez se focalizará más atención en los eventos tristes que a los alegres. Es decir, cada vez se encontrará con más proporción de sucesos tristes, lo que aumentará su emoción.

Cada vez interpretará más eventos neutros como tristes. En consecuencia, cada vez se encontrará con más eventos tristes, es decir, su estado de tristeza aumentará.

Por otro lado, estar bajo el influjo de una emoción facilita que se recuerden los eventos congruentes con ese estado de ánimo. Es decir, cada vez se aprenderán más eventos tristes.

Y por otra parte, cada vez que uno está triste, es más fácil que recuerde acontecimientos pasados en los que estuvo triste, porque a la memoria le resulta más fácil traer a la mente eventos congruentes con el estado de ánimo actual.

Con lo cual, cada uno de estos sesgos, por separado, contribuye a aumentar la tristeza, a prolongar este estado todavía más y, como resultado, a hacer estas interpretaciones más a menudo. Un círculo vicioso. Para salir de él hay que cortarlo por algún sitio: la emoción, el pensamiento o el comportamiento.

Formas de cambiar la emoción, cuando nos vemos atrapados en un círculo vicioso: ponernos por la mañana nuestra música favorita, leer o ver vídeos alegres, rodearnos de gente alegre…

Pensamientos a cambiar: sobre la injusticia del mundo o la tristeza de la vida por ideas como que la vida es bonita, que las cosas pueden mejorar, o salir bien, que hay cosas buenas en la vida…

Cambios en el comportamiento: cambiar la postura corporal (si uno se coloca erguido, con la mirada ligeramente hacia arriba y sonríe, es muy, muy difícil, encontrartse triste) o incluir actividades incompatibles con la tristeza, por ejemplo el deporte, bailar o alguna actividad creativa.

Mi ejercicio favorito para desengancharse de la tristeza, y que tiene muchos otros beneficios, es el siguiente: fijarse durante el día en tres buenos momentos, en cuanto se detecte uno se fija en los detalles: dónde está, qué ve, qué oye, con quién está, qué hace, qué siente, cómo se mueve… Luego, por la noche, antes de dormirse, hay que rememorar esos momentos, reviviéndolos, metiéndose de nuevo en esa situación, de uno en uno.

La condición fundamental es fijarse, porque valen todos los momentos, también si son cortos o sencillos, tipo una persona me ha parado por la calle para preguntarme una dirección y me ha sonreído, o he pillado el metro vacío y me he podido sentar, o ha salido el sol y me ha resultado agradable sobre la piel.

A1_con_firma_web

Anuncios

la comodidad o el cambio

¿Cómo elegir el cambio? Hay gente que se define como amante de la rutina y otra que dice que le gustan las novedades y la evolución. En lo que casi todo el mundo está de acuerdo es en que las cosas cambian y en el valor de adaptarse. Y a menudo para ello, es necesario cambiar… a nosotros mismos.

Y a veces da miedo, porque los cambios están fuera de nuestra zona de comodidad, la «zona de confort» del coaching. Y con comodidad no me refiero necesariamente a felicidad ni a placer, me refiero a lo conocido, lo cómodo, lo fácil. Es a menudo la comodidad de ese sillón viejo en el que no acabas de coger la postura mientras ves un programa de la tele que no te gusta, pero es que no echan otra cosa. A menudo es simplemente esa comodidad, que se basa sobre todo es estar, en dejar hacer, en conformarse con el sofá y con la tele.

Los cambios se consideran fuera del confort; donde está la comodidad del hábito, no hay espacio para los cambios. Éstos  pueden ser mucho más placenteros y felices, pero no son cómodos, no son rutinarios, no los tenemos en nuestro día a día. Hay que buscarlos. Exigen un esfuerzo, a veces pequeño, otras más grande, a veces durante poco tiempo y otras hay que insistir más, depende del cambio buscado.

Si el nombre dado a la zona de confort puede dar lugar a dudas, ya que a veces no es tan «confortable», el que se le da a la zona del cambio es mucho más apropiado: la zona desconocida. Porque ésa es su característica, es una zona con mucho potencial, de hecho puede mejorar la calidad de vida, es donde se encuentra el crecimiento personal, pero no es conocida, no es la zona cómoda y fácil. No quiere decir necesariamente que sea difícil, ni que sea incómoda, pero exige probar cosas nuevas, no habituales, adentrarnos en actividades que no conocemos, hablar con gente distinta, cambiar nuestros horarios…

A veces da miedo, pero cuando buscamos un cambio o queremos adaptarnos a uno impuesto, es allí donde encontraremos los recursos, las nuevas habilidades, las ideas originales que conseguirán la solución.

Y es que ese miedo a menudo es pequeño, es simplemente a lo desconocido, porque no hay que confundirla con la zona de pánico, que es la que queda más allá de la desconocida, en la que están las cosas que no nos atreveríamos a hacer «ni jartos de vino», la que nos puede poner la vida patas arriba en un instante. Con el coaching no se entra en esta zona, principalmente porque casi nunca nuestros objetivos están en ella, y menos a corto y medio plazo. Cuando estamos deseando cambiar algo, es porque no está tan lejos, es porque lo intuimos y lo queremos, porque con algunos pasos fuera de nuestra zona habitual, se encuentra.

Y cada vez que se dan esos pasos, nuestra zona de confort aumenta, cada vez que avanzamos, conquistamos un terreno de la zona desconocida. Y la zona desconocida aumenta también, haciendo que la frontera que comparte con la zona de pánico se aleje.

¿Dónde están los límites?

Se puede analizar con un ejercicio sencillo: pintando dos círculos en una hoja, uno dentro del otro. El interior es la zona de confort, el segundo círculo la zona desconocida y lo que queda fuera del segundo, la zona del pánico. Y luego se rellenan con palabras, frases: ¿qué hay en tu zona de confort? El trabajo, los compañeros, los jefes, las actividades y reuniones… La familia, las quedadas con los amigos, las tareas de la casa… Leer el periódico, ver la tele, jugar con los niños, salir un día al campo… ¿Qué rutinas, qué hábitos, qué tipo de pensamientos recurrentes?

¿Y en la zona desconocida qué puede haber? Apuntarse a esas clases de foto o de pintura, o de teatro, que llevas un tiempo pensando, quizás aprender inglés, o ir a una asociación de vecinos, a un grupo de lectura… ¿Puede que cambiar de trabajo, hacer más amigos, echarse pareja, decir que no a alguien o a algo?

Si las escribes en etiquetas, puedes colocarlas en el círculo que correspondan y moverlas según avances en tu vida. Otra posibilidad es cambiar de hoja tras un tiempo y hacer los círculos más grandes.

Las cosas de la zona desconocida se colocan más o menos lejos de la zona de confort según el cambio que nos supongan. La clave está en que, si están muy lejos y queremos avanzar en esa dirección, se ponen un par de etiquetas más en medio, etiquetas que indiquen pequeños pasos a dar para llegar a la última. Y darlos.

Y así, cada vez conocemos más cosas de nuestro entorno, de nosotros mismos y de lo que somos capaces, cada día conquistamos más terreno para nuestra comodidad.

Consecuencias de la esperanza

¿Sirve de algo estar esperanzado, ilusionado, optimista, confiado en los objetivos que deseamos? La respuesta parece clara.

¿Es arriesgado? ¿El optimismo puede ser dañino? ¿Puede la esperanza ser perjudicial? Yo no he encontrado ningún estudio que así lo indique y hay algún psiquiatra reputado que afirma que tampoco *.

Sin embargo, todos hemos sido reacios alguna vez a esperar algo,a desear algo, como si lo fuésemos a gafar. O quizás por miedo al fracaso, a un fracaso que parece más probable en nuestra mente que el objeto de deseo.

Hay incluso quien convierte esa idea en su máxima de vida: si no deseo nada, si no espero nada, no puedo perderlo, y así no seré desgraciado ni infeliz.

Obviamente, la elección es de cada uno, al que le funcione, que siga con ella. Pero como en el coaching creemos en el cambio, si hay algún día que no le sirva, que vea que no tiene ilusión en nada, que no encuentra motivación, que se plantee que puede cambiar de idea y que para ilusionarse con la vida puede que necesite… ilusionarse.

Entonces, ¿hay algún lado oscuro de tener deseos y esperanza? ¿Por qué a veces no queremos tenerlos o nos negamos a identificarlos? Pues además del miedo a no conseguirlo, otras veces es por si lo que deseamos no es realista. Vale que ser realista a todos nos parece una virtud, al margen de que realistamente lo sea, pero ¿quién decide lo que es realista? ¿hay unas máximas universales que apliquen a la vida emocional, a los asuntos personales?

Desde el coaching, donde se trabaja con objetivos, sí se hace hincapié en que sea un objetivo realista, pero se suele necesitar más a menudo insistir en que la persona lo desee (porque no siempre queremos lo que creemos que queremos), en que concrete su objetivo de manera específica (porque suele ser abstracto, vago… y por lo tanto intangible o lejano), en que crea que es posible (porque si uno no lo cree, ni lo intenta) y en que esté motivado para dirigirse hacia él (otra vez la motivación, casi sinónimo de ilusión y de esperanza).

Tenemos miedo de ilusionarnos y de «perder el tiempo luchando» por algo que «igual no es realista», pero ¿qué tienen en común el miedo a la ilusión y los objetivos no realistas? Que muy a menudo no están concretados. Tenemos miedo a alguna consecuencia abstracta, no sabemos a cuál, y cuando la clarificamos o bien se desvanece el miedo o bien vemos que tenemos armas y planes b contra esa consecuencia, con lo que el miedo disminuye mucho.

Los objetivos «no realistas», a menudo, simplemente son poco concretos.

Por ejemplo: “Quiero ser el mejor en baloncesto”. ¿El mejor de dónde? ¿escuela, barrio, ciudad, país, del mundo? ¿el mejor en qué? ¿en tiros libres, en triples, en rapidez, en juego en equipo.. ? ¿y el mejor cuándo? ¿en el partido de mañana, en todos los del mes que viene, el año siguiente, durante los 10 próximos años? y sobre todo, ¿para qué? ¿Para estar más seguro de mí mismo, para que los del equipo me acepten, para que el entregador no me deje en el banquillo, para que mi padre no me riña, para ligar más con las chicas…?

En que el objetivo sea realista influye para cuándo lo quiero, cuántas veces, en qué situaciones… Y también influye mucho para qué lo quiero. No es lo mismo hacerlo por superarme, para lo cual puedo tener mucha ilución, que hacerlo para que Fulanita se fije en mí, porque si el día que mejor lo hago, ni me mira, igual dejo de estar motivado para ser el mejor, y además, ¿estoy seguro de que a Fulanita le gusta tanto el baloncesto? y lo más importante ¿está completamente bajo mi control lo que le gusta a Fulanita?

Si el objetivo, el objeto de tu ilusión, tiene un cuándo, un dónde, un para qué…ya tienes la mayor parte del camino hecho, ahora a por el cómo. Y si no tiene un cuándo, sino que es enorme, es que no es un objetivo, es tu misión de vida, y para ésa tiene uno todo el tiempo, toda la vida. Y tener ilusión en tu misión es fácil, esa esperanza es sanísima, no duele.  Lo que duele es sentir la necesidad de que lo que deseamos pase ya. El problema está en si me deprimo porque mañana no pasa, y pasado estoy ansiosa porque sigo sin verlo claro para el día siguiente.

120804_Islandia_P_09_con_firma_web

Voy a poner el ejemplo con el objetivo más grande: quiero ser feliz. Habría muchas cosas que concretar sobre esto ¿cómo eres feliz? Con la familia, los amigos… Con actividades creativas, con el deporte, con un trabajo motivador… Y sobre todo, ¿para cuándo lo quieres? Si uno lleva meses anclado en la tristeza no se va conseguir mañana, pero sí que se puede, desde ese día, reconocer pequeños momentos del día en que se siente uno a gusto o incluir actividades que aporten alegría. Pero hay que poner esperanza e ilusión. Y no exigir que la felicidad absoluta llegue al día siguiente, puede ser un proceso y se puede disfrutar de él. Y es que para mí, la idea de esperanza no es compatible con el desánimo un instante después.

En cualquier caso, ante la pregunta de si merece la pena tener esperanza, mi pregunta es la siguiente ¿qué te aporta la esperanza? ¿Qué estado de ánimo? ¿Qué energía? Si la respuesta es ilusión y mucha, pues entonces claro que merece la pena. Puede que no sucedan las cosas como uno quiere, pero que te quiten lo bailado. Más posibilidades tenías de conseguirlo estando ilusionado y además has disfrutado.

Si la respuesta es ansiedad, hay que replantearse por qué cosa, exactamente, concretamente y con detalles, voy a sentir ansiedad y por cuál esperanza. Y escoger, ¿qué prefieres: ansiedad o esperanza?

*. La fuerza del optimismo, Luis Rojas Marcos