Estrés y resiliencia

El estrés se definía, y  se sigue utilizando en las conversaciones coloquiales, como lo que nos pasa, o lo que hacemos, respondiendo a unos sucesos externos. En esos casos, tenemos estrés.
Y también usamos a menudo «estresante» para referirnos a nuestras circunstancias y a lo que nos rodea o nos ocurre.
Hoy en día, se define el estrés de una forma distinta: se pone el acento en la faceta interactiva entre la persona y el ambiente. No en nuestra respuesta, puesto que es muy distinta de unos a otros, ni tampoco en los sucesos del entorno, puesto que, quizás a excepción de accidentes y hechos graves, cada uno los integramos, o permitimos que nos afecten, de manera distinta.
El estrés es entonces el resultado de la evaluación que realiza la persona sobre la importancia y amenaza de los sucesos que percibe y de la evaluación de sus propios recursos para afrontarlos.
Lo cual quiere decir que cada uno nos estresamos en momentos diferentes, frente a circunstancias distintas. Y lo que tenemos en común es que sufrimos estrés cuando creemos que nuestros recursos no son suficientes para responder satisfactoriamente a las demandas del entorno.
¿Parte negativa de esta nueva definición? Que no nos podemos quejar de lo estresante que es el trabajo, o hacer recados, o cuidar al perro…
¿Parte positiva? Que puedo no sufrir estrés de varias formas: aumentando mis recursos, tanto internos (cualidades, conocimientos, actitudes…) como externos (apoyo social, económico, de tiempo…) , analizando la situación de otra manera, inventando más opciones…
Y además, todos podemos aprender y acostumbramos a vivir así, interiorizando algunas técnicas sencillas para entrenar la resiliencia.
Yo creo que la parte positiva supera a la negativa, ¿y tú?

Taller de gestión del estrés, lunes 4 de mayo en Madrid:

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