El conocimiento de uno mismo

Hay una idea que recuerdo a menudo. La leí en un libro de Punset y la quiero mencionar aunque no la recuerdo de manera literal: conocemos más del universo que de la mente humana, la humanidad se ha dedicado primero a conocer lo de fuera y, más tarde, ha empezado a investigar lo de dentro.

Es una idea que viene a mi mente cada vez que se descubre o se contesta un nuevo estudio neuropsicológico, cuando alguien menciona aspectos de sí mismo que quiere cambiar y también cuando me descubro a mí misma juzgando un comportamiento o a una persona.

Y es que para mí, además de ser una idea muy interesante sobre la historia de la humanidad y sobre nuestra cultura, es algo que creo que también nos podemos aplicar de forma individual: primero nos fijamos y aprendemos en lo de fuera, y luego nos fijamos y aprendemos de lo que nos pasa dentro, de cómo somos, de qué queremos, de cuáles son nuestras tendencias o hábitos.

Y es curioso que, gente que llega al coaching para mejorar una habilidad o cambiar un comportamiento, llega porque se lo han recomendado y porque creen que tú tienes la clave para que cambien y tengan éxito. Y les parece raro empezar por analizar en qué punto de habilidad se encuentran, qué están haciendo exactamente o cuándo les aparece esa tendencia.

Algunos lo explicitan: “nunca me había fijado en cómo hago las cosas”, “supongo que hasta ahora nunca me había planteado cómo soy” “creo que no me conozco a mí mismo” Y sin embargo, nos describimos constantemente, para presentarnos a alguien, para entrevistas de trabajo, para excusarnos por algo (yo es que soy un poco… pero…)

reflejo en el espejo

Lo que pasa en muchos casos, es que hemos dejado a los demás que hagan el trabajo de pensar o de observar por nosotros: mis padres o amigos dicen que soy de tal manera, o voy a decir esto, que es lo que recomiendan contestar a las preguntas de la entrevistas.

En otros casos, sólo usamos nuestras descripciones para justificarnos o para impedirnos a nosotros mismos cambiar porque… somos así. Cuando en realidad cambiar es bastante fácil, basta con observarse, decidir hacia dónde se cambia y ponerse en marcha.

Y es que sin conocernos, sin conocer nuestros deseos, nuestros hábitos, nuestras manías, sin ser consciente de las acciones que hacemos automáticamente, de los pensamientos y decisiones que tomamos de forma inconsciente… no podemos saber cuál es nuestro camino para cambiar, porque no sabemos el lugar de partida.

Así que propongo la siguiente reflexión, que se puede hacer de manera general o sobre una faceta de la vida concreta, en la que uno se está planteando cambios:

 

  • ¿Si te tocase escoger tres adjetivos con los que definirte los tendrías claros?

 

  • ¿Y tras esos adjetivos, sabrías decir qué comportamiento tuyo es el que hace que esa sea una adecuada definición de ti?

 

  • ¿Cómo describirías a otra persona en quien vieses ese mismo comportamiento? (es decir, ¿cuánta seguridad tienes en que eres así?)

Conociéndonos bien a nosotros mismos, es mucho más fácil conseguir cualquier cosa, porque conocemos nuestras fortalezas para apoyarnos en eso, conocemos nuestros tendencias para aprovecharlas, o para cambiarlas y conocemos qué nos gusta de la gente o qué les gusta a los demás de nosotros.

Y sobre todo, conocerse a uno mismo es apasionante, siempre se descubren cosas nuevas, siempre quedan aspectos por aprender.

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