¡Me han dado un premio a mi trabajo!

No es algo que pase todos los días, así que estoy muy orgullosa.

Además es un premio a la excelencia profesional, lo que para una persona como yo, muy orientada al aprendizaje, al servicio a los clientes y a encontrar mucha satisfacción con el trabajo bien hecho, es todavía más motivo de orgullo.

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El galardón se llama Estrella de Oro, lo otorga el Instituto para la Excelencia Profesional y selecciona a los profesionales a los que premia por ser capaces de innovar y fomentar un buen desarrollo económico y social, por tener una filosofía orientada a la Calidad Total en todas sus actuaciones, por estar comprometidos con la mejora continua y por respetar siempre la Responsabilidad Social Corporativa (RSC).

Dejo aquí unas fotos de la ceremonia de entrega del galardón.

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Y, por supuesto, una foto con menos seriedad, que hay que disfrutar con humor:

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Pero ser perfeccionista no es grave, ¿no?

Yo es que soy un poco perfeccionista, ¿tú también dices a veces esto? Es un buen motivo para tardar algo más con una tarea y, además, no quedamos mal, ¿no? Porque ser perfeccionista no es del todo un defecto.

O eso pensamos cuando en una entrevista de trabajo nos preguntan por nuestros defectos y es lo primero que nos viene a la mente: digo que soy perfeccionista, porque es un defecto, pero no van a dejar de contratarme por ello, porque no lo es tanto, porque realmente está bien visto. A día de hoy, el consejo es no contestar nunca eso, puesto que se ha convertido en un tópico, no suena creíble. Pero, al margen de las entrevistas, ¿ser perfeccionista es malo o no lo es tanto?

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Yo estoy cada vez más convencida de lo primero, de que no tiene ninguna ventaja. Y no tanto por la falsa excusa, o falsa modestia que muestra alguien cuando lo dice, sino por el daño que nos hace creer que debemos ser perfectos y, ya que sabemos que no es del todo posible, pues por lo menos debemos ser perfeccionistas.

Yo creo firmemente en el cambio y en que todo el mundo puede alcanzar sus objetivos, entre otras cosas, por eso trabajo como coach. Así que sí creo que se puede aspirar a mejorar, como persona o en la vida. Eso sí, sin necesidad de tener que ser perfectos y ni siquiera de tener que aspirar a la perfección.

Perdemos muchas energías queriendo esconder y corregir nuestros defectos. Estamos mucho más acostumbrados a que nos critiquen por lo que no hacemos bien que a que nos feliciten por lo sí, y lo mismo hacemos con los demás. Nos resulta mucho más fácil ver defectos y problemas que fortalezas o ventajas, tanto en los demás como en nosotros mismos. Y así nos va.

Cuando en realidad, conseguir nuestros objetivos no depende tanto de pulir defectos como de sacar partido a lo que sí hacemos bien y disfrutamos haciendo. Es útil conocer nuestros defectos, aunque rara vez para cambiarlos, en general es sólo para tenerlos controlados, para poder delegar tareas, para saber en qué pedir ayuda… Es como los riesgos de alguna actividad, están ahí, siempre van a existir, no podemos eliminarlos por completo, pero sí hay que saber cuáles son, tomar medidas para evitarlos y verificar cada cierto tiempo qué está pasando con ellos, en vez de ignorarlos y que cuando suceda algo nos pille desprevenidos.

Pues con el perfeccionismo pasa algo parecido, es imposible que hagamos todas las tareas perfectas. Por ejemplo para el trabajo, claro que puedo releer los documentos 40 veces y media para comprobar que todo está correctamente explicado, ilustrado, documentado y sin ningún fallo de ortografía ni de puntuación, pero ¿han merecido la pena los cambios de la lectura 39? ¿o han supuesto más pérdida de tiempo que mejora del documento? Si hubiese parado tras la tercera lectura, ¿qué habría cambiado en el documento y a qué otras cosas habría dedicado ese tiempo?

Ya que el día no es infinito, ni nuestra vida, ni los plazos del trabajo, ¿a qué quiero dedicar mi tiempo? Por supuesto que aspirar a la calidad, a la belleza y a la precisión son motivos estupendos, pero ¿tras esas revisiones exhaustivas no se esconderá algún miedo a lo que los demás piensen de mí si se me ha pasado una falta de ortografía? ¿o a lo que pensaré de mí misma si la veo unos días después?

Creo que nuestro perfeccionismo está ligado a que creemos, erróneamente, que nuestra autoestima debe ir ligada a lo que somos y lo que conseguimos, cuando no es así. Cómo no vamos a creer eso, si de los demás decimos: le quiero mucho porque es XXX… Pues a nosotros igual, si no somos de tal o cual manera no nos queremos. Y de nuevo, así nos va…

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Mi amor por mí misma no debería depender de mis cualidades ni de mis éxitos, debería ser incondicional por el hecho de existir, de ser persona, de ser yo. Y desde ese primer paso, podría ser extensible al resto de personas, a los tú, ellos y ellas.

Y si no depende de mis éxitos, tampoco debería depender de fracasos, ni de mis defectos, ni de lo bien o mal que los esconda. Ni de las críticas o halagos de los demás. Ni de mi aspecto físico o mi intelecto.

Vamos a tener defectos y se van a ver, igual que hay riesgos en la vida que no se pueden eliminar. Y otra obviedad, si nos queremos a nosotros mismos, vamos a vivir mucho más felices. Y si dedicamos el tiempo a cosas útiles y que nos gustan, también.

Así que creo que podríamos desterrar el halo que le hemos puesto al perfeccionismo y cambiar todo afán de perfección por querernos y mimarnos, con nuestras cualidades y con nuestros defectos. Y no, no vale quererse a pesar de los defectos, lo reconfortante es quererse y querer a los defectos, porque ellos también nos han ayudado a estar donde estamos, a pasar por las etapas de nuestra vida, a ser quien somos.

Pero bueno, es sólo mi opinión y es opcional, al fin y al cabo puede que el perfeccionismo no sea más que otro defecto al que querer.

Desengáñate, no eres libre

Hace poco, llamé cobarde a un amigo: estaba diciendo que esta vida es así, que ni la elegimos ni somos libres, así que cuanto antes lo asumiésemos mejor. Más concretamente, estaba contando que eso era lo que le había dicho a su sobrina de 14 años cuando se quejó de algo que le parecía injusto y contó lo que quería hacer en la vida.
Y él le respondió con la mejor intención, para que esa adolescente lo asumiese cuanto antes y así pudiese no perder el tiempo y no indignarse con injusticias que no iba a poder cambiar y que no deberían ocupar su mente.
En cambio yo, si bien creo que necesitamos una dosis de aceptación para la vida, para asumir que los imprevistos suceden, que hay dolor en el mundo y que nadie nos puede librar de sentir tristeza o miedo de vez en cuando, también creo que es tan necesaria o más una dosis de ilusión, de pensar en cómo nos gustaría que fuesen las cosas, de creer en un mundo mejor y en lo que vamos a hacer para conseguirlo.
Así que le llamé cobarde. No con intención de ofender, pero sí con intención de desconcertarle, de provocar el debate. Llamarle determinista, más exacto y neutro, no habría servido.
Asumir que en el mundo poco podemos hacer, que la vida nos pasa por delante, que no tenemos elección… es una postura muy cómoda para no ser infeliz. Si es que no puedo hacer nada, si no consigo nada es porque la vida es dura, no es culpa mía, la vida es así.
Pero… no ser infeliz no significa ser feliz, que algo no sea negro, no significa que sea blanco.
Y podemos hacer muchas, muchas cosas: desde gestos pequeñitos que nos cambian la actitud y la energía, hasta acciones reflexionadas y que alargamos durante el tiempo para mejorar aspectos de nuestra vida (personales, profesionales, de relaciones…) Y creo que estas cosas sí nos van a hacer felices aunque para cada uno de nosotros serán cosas diferentes.
Reconozco que toda esta discusión puede ser en vano,  que esto puede ser un dilema estéril: todos podemos pensar como queramos y nadie nos debería obligar a cambiar… si somos libres, claro. Si no lo somos, como él defiende, tampoco se es libre para elegir el pensamiento.
Y además, la vida nos va a dar la razón a los dos: yo que pienso que puedo cambiar cosas, actúo y hago que mi vida evolucione; él piensa que no puede cambiar nada, no actúa y la vida sucede. Pues teníamos razón.
Así que quizás, esto se reduzca a qué preferimos creer. O también a qué forma de pensar queremos contagiar al mundo.

Yo lo tengo claro, no quiero convencer a nadie de que no se ilusione, de que se conforme. No quiero ser el origen de que alguien no ponga en juego sus esperanzas, su talento y sus ideas para un mundo mejor. Muy al contrario, prefiero cargar con un poco de la responsabilidad de una frustración pasajera porque algo se torció, si eso supone que las personas que me rodean se atreven a imaginar, a desear, a ilusionarse, a actuar, a ser diferentes, a ser ellos, a comerse el mundo. Porque la felicidad será de los valientes.

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Imaginar y crear

Todos tenemos la capacidad de imaginar, al igual que tenemos la de memorizar. Nuestra memoria tendrá más detalles o menos, seremos capaces de recordar la imagen perfecta del paisaje que visitamos el fin de semana pasado, o ya estará algo borrosa, recordaremos perfectamente la melodía de nuestra canción favorita, o solo algunas letras pero nada de la música, o incluso seremos capaces de sentir de nuevo como nos sentimos cuando nos ocurrió ese problema o cuando tuvimos esa alegría, o no, sólo sabemos que la sentimos pero no recordamos el nudo que nos subía por la garganta o lo que nos dolían los labios de tanto reír y sonreír.

Y lo mismo para imaginar. Puede que sea con más o menos detalle, dándonos más opciones o menos, repitiendo la misma escena una y otra vez o añadiendo en cada momento un acontecimiento y un final distinto.

Y es que la imaginación y nuestra capacidad de abstracción son las que nos hace tan poderosos, tan inteligentes. Podemos manejar información que no está presente en ese momento, podemos recordar lo que hicimos, podemos recordar lo que hicieron otros, lo que leímos, lo que nos recomendaron… Y podemos inventar un montón de opciones distintas para conseguir lo que queremos.

Además, nuestra imaginación nos permite “ensayar” eso que queremos hacer pero que todavía no sabemos si se nos da bien: hablar en público, decirle que no a ese jefe, proponerle quedar a esa persona… Y al igual que sabemos que cuando recordamos algo que nos puso tristes, podemos  volver a estarlo al recordarlo, cuando imaginamos también nos estamos entrenando para ser más capaces, para hacer mejor eso que ensayamos en nuestra mente.

Por eso trabajo con la imaginación, con los cuentos y con la escritura, para que podamos inventar mil finales con esos personajes que pueblan nuestra imaginación, para que podamos ensayar todos esas emociones y esos comportamientos para los que no encontramos tiempo entre las tareas diarias. Para probar y para jugar. Para solucionar nuestros problemas y para conseguir hacer las cosas mejor. En definitiva, para ser más felices.

Inscripciónes al taller de Coaching con cuento, para trabajar con la imaginación, para ser más felices: https://taller-de-coaching-con-cuento.eventbrite.co.uk

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Coaching con cuento

Continúan los talleres de coaching con cuento, donde trabajamos con la imaginación y  la escritura creativa para alcanzar nuestras metas personales y profesionales.

Este lunes 25 será la última sesión sobre objetivos y trabajaremos sobre nuestros valores personales, los que nos impulsan a actuar, conseguir metas, cambiar el mundo.

Son los valores los que sustentan  nuestros deseos, nuestros logros y nuestros objetivos. Trabajaremos sobre cómo detectarlos y integrarlos más plenamente en nuestra vida para que alcancemos nuestras metas desde la ilusión y la motivación.

En cuanto a la parte del cuento, trabajaremos sobre los personajes, los valores que encarnan y las aventuras que viven en las historias que pueblan nuestra imaginación, para que podamos verlas, sentirlas y darnos opciones para nuestra vida, la que se cuenta fuera del papel.

Puedes apuntarte online en : https://taller-de-coaching-con-cuento.eventbrite.co.uk

 

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