la comodidad o el cambio

¿Cómo elegir el cambio? Hay gente que se define como amante de la rutina y otra que dice que le gustan las novedades y la evolución. En lo que casi todo el mundo está de acuerdo es en que las cosas cambian y en el valor de adaptarse. Y a menudo para ello, es necesario cambiar… a nosotros mismos.

Y a veces da miedo, porque los cambios están fuera de nuestra zona de comodidad, la «zona de confort» del coaching. Y con comodidad no me refiero necesariamente a felicidad ni a placer, me refiero a lo conocido, lo cómodo, lo fácil. Es a menudo la comodidad de ese sillón viejo en el que no acabas de coger la postura mientras ves un programa de la tele que no te gusta, pero es que no echan otra cosa. A menudo es simplemente esa comodidad, que se basa sobre todo es estar, en dejar hacer, en conformarse con el sofá y con la tele.

Los cambios se consideran fuera del confort; donde está la comodidad del hábito, no hay espacio para los cambios. Éstos  pueden ser mucho más placenteros y felices, pero no son cómodos, no son rutinarios, no los tenemos en nuestro día a día. Hay que buscarlos. Exigen un esfuerzo, a veces pequeño, otras más grande, a veces durante poco tiempo y otras hay que insistir más, depende del cambio buscado.

Si el nombre dado a la zona de confort puede dar lugar a dudas, ya que a veces no es tan «confortable», el que se le da a la zona del cambio es mucho más apropiado: la zona desconocida. Porque ésa es su característica, es una zona con mucho potencial, de hecho puede mejorar la calidad de vida, es donde se encuentra el crecimiento personal, pero no es conocida, no es la zona cómoda y fácil. No quiere decir necesariamente que sea difícil, ni que sea incómoda, pero exige probar cosas nuevas, no habituales, adentrarnos en actividades que no conocemos, hablar con gente distinta, cambiar nuestros horarios…

A veces da miedo, pero cuando buscamos un cambio o queremos adaptarnos a uno impuesto, es allí donde encontraremos los recursos, las nuevas habilidades, las ideas originales que conseguirán la solución.

Y es que ese miedo a menudo es pequeño, es simplemente a lo desconocido, porque no hay que confundirla con la zona de pánico, que es la que queda más allá de la desconocida, en la que están las cosas que no nos atreveríamos a hacer «ni jartos de vino», la que nos puede poner la vida patas arriba en un instante. Con el coaching no se entra en esta zona, principalmente porque casi nunca nuestros objetivos están en ella, y menos a corto y medio plazo. Cuando estamos deseando cambiar algo, es porque no está tan lejos, es porque lo intuimos y lo queremos, porque con algunos pasos fuera de nuestra zona habitual, se encuentra.

Y cada vez que se dan esos pasos, nuestra zona de confort aumenta, cada vez que avanzamos, conquistamos un terreno de la zona desconocida. Y la zona desconocida aumenta también, haciendo que la frontera que comparte con la zona de pánico se aleje.

¿Dónde están los límites?

Se puede analizar con un ejercicio sencillo: pintando dos círculos en una hoja, uno dentro del otro. El interior es la zona de confort, el segundo círculo la zona desconocida y lo que queda fuera del segundo, la zona del pánico. Y luego se rellenan con palabras, frases: ¿qué hay en tu zona de confort? El trabajo, los compañeros, los jefes, las actividades y reuniones… La familia, las quedadas con los amigos, las tareas de la casa… Leer el periódico, ver la tele, jugar con los niños, salir un día al campo… ¿Qué rutinas, qué hábitos, qué tipo de pensamientos recurrentes?

¿Y en la zona desconocida qué puede haber? Apuntarse a esas clases de foto o de pintura, o de teatro, que llevas un tiempo pensando, quizás aprender inglés, o ir a una asociación de vecinos, a un grupo de lectura… ¿Puede que cambiar de trabajo, hacer más amigos, echarse pareja, decir que no a alguien o a algo?

Si las escribes en etiquetas, puedes colocarlas en el círculo que correspondan y moverlas según avances en tu vida. Otra posibilidad es cambiar de hoja tras un tiempo y hacer los círculos más grandes.

Las cosas de la zona desconocida se colocan más o menos lejos de la zona de confort según el cambio que nos supongan. La clave está en que, si están muy lejos y queremos avanzar en esa dirección, se ponen un par de etiquetas más en medio, etiquetas que indiquen pequeños pasos a dar para llegar a la última. Y darlos.

Y así, cada vez conocemos más cosas de nuestro entorno, de nosotros mismos y de lo que somos capaces, cada día conquistamos más terreno para nuestra comodidad.

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¿para qué?

¿Para qué haces lo que haces? ¿Para qué te levantas por las mañanas? ¿Para qué trabajas? No siempre nos hacemos estas preguntas y, claro, perdemos de vista nuestras metas o, en el peor de los casos, nos perdemos de vista a nosotros mismos.

Te propongo una prueba de un minuto: apunta en un papel, o en una nota del móvil, o en un borrador de mail, tus respuestas a las preguntas del párrafo anterior y luego pasa al siguiente

Ahora que has respondido, te propongo estas preguntas: ¿Cuántos para qués has respondido? ¿Conoces tus objetivos? ¿Cuántas frases de tus respuestas empiezar por “para…”?

Si comienzan por “porque”, no te preocupes, es habitual. Todos mis clientes de coaching responden con “porque…” en las primeras sesiones. Estamos acostumbrados a contestar a más por qués que a para qués. Porque tengo que pagar la hipoteca, porque tengo que comer, porque si no, me despiden. Y eso tiene un gran inconveniente: el “porque” no señala hacia ninguna meta, sino que señala a nuestro pasado. Y es posible que no queramos que sea igual nuestro futuro. Hay quien dice que hoy eres la persona resultado de tus decisiones pasadas y que el futuro es el resultado de tu presente.

Otra posible respuesta, común al principio, es señalar con el “para” la siguiente pequeña acción ¿Para qué te levantas por las mañanas? Para llegar pronto a trabajar. ¿Para qué llegas pronto a trabajar? Para trabajar mucho ¿Para qué trabajas mucho? ¿Qué te da trabajar mucho que no conseguirías de otra manera?

Lo interesante es saber cuál es el “para” grande e interesante que hay después ¿Para ganar dinero y pagar la hipoteca? ¿Para desarrollarte con tu trabajo? ¿Para conocer a gente? ¿Para hacerte rico? ¿Para pasar el día? ¿Para poder irte de vacaciones? ¿Para aprender?

La razón de cada persona es distinta. Lo importante es que la que responda cada uno sea la suya, y que sea capaz de ponerle unos cinco «para qués» más, que lo haga para un fin mayor que le ilusione. Que seamos capaces de plantearnos nuestra vida sin necesidad de recurrir a porqués de otros, a  los de nuestros yoes pasados, a los heredados, a los de nuestra sociedad.

Cuando uno se plantea para qué a varias tareas del día a día se da cuenta de muchas cosas. La primera, que es difícil no empezar contestando «porque…» Responder «para … » requiere entrenamiento, no estamos acostumbrados. En segundo lugar, se suele descubrir que hay alguna tarea que se hace por inercia y rutina, porque siempre lo hemos hecho así, porque era lo que había que hacer, pero que hoy ya no nos convence, que hoy podemos hacer de otra manera, o que hoy vamos a dejar de hacer «porque, ¿para qué?»

Y, por último, es probable que encontremos un «para qué» muy motivador, que nos guste, que tenga detrás una meta grande, que nos dé ilusión y energía para hacer lo que se necesite cada mañana. Y ya no sea “lo que se necesite”, ahora será “lo que se quiere hacer”.

de propósitos a objetivos

Este año voy a cambiar los propósitos de año nuevo por objetivos para este año. Tengo una tabla con todos ellos escritos y con fechas de verificación y de consecución previstas.

La palabra propósito es demasiado cercana a intención, y con las intenciones no vale. Se parece a proponer, a propuesta, a proposición… de hecho, en la rae viene como primera definición “Ánimo o intención de hacer o de no hacer algo.” y no es hasta la segunda que la describe como objetivo o meta. Y los objetivos que me he marcado son mis metas y no son mis intenciones. Podrán evolucionar y puedo modificarlos en el camino, pero son objetivos.

Cada vez se resalta más la importancia de tener claro el objetivo para poderse enfocar en él y estar atento a todas las pistas que aparezcan en el camino, con el fin de verlas, utilizarlas y conseguirlo. Tener en mente un objetivo, enunciado en positivo, que diga claramente lo que quieres, que esté descrito de forma motivante, es una de las cosas que te dirige hacia él.

Tener claro lo que no se quiere es útil, pero para definir lo que se quiere.

Tener la meta clara y por escrito es una gran parte a la hora de conseguirlo, para revisarla periódicamente, para darse cuenta de si se está yendo hacia ella, porque a veces se nos olvidan nuestros objetivos. Y unas veces es porque ya no lo son, porque hemos evolucionado, porque queremos otra cosa, y en ese caso basta con borrarlo. El problema es cuando se nos olvida porque nos hemos aturdido con mil quehaceres de la vida diaria, con distracciones, con cosas pequeñas pero que nos ocupan el tiempo y nos descentran. Y en ese caso hay que deshacerse de alguna distracción y volver a concentrarse en lo que de verdad queremos, en lo que de verdad nos importa.

  • -Minino de Cheshire -empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba -. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.

-No me importa mucho el sitio… -dijo Alicia.

-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.

– … siempre que llegue a alguna parte – añadió Alicia como explicación.

– ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte – aseguró el Gato -, si caminas lo suficiente!

(de wikiquote )