pasear cuando llueve o los placeres que dependen de nosotros

Me gusta la gente que veo paseando en los días de lluvia. No sé si me gustan, no les conozco, pero les admiro, porque son capaces de poner al mal tiempo buena cara, de seguir adelante con sus planes aunque llueva.

Porque no dependen de elementos variables, ajenos a su control, porque su voluntad está en ellos, porque son protagonistas, autodeterminados, tienen libre albedrío.

Cuando un día de lluvia nos amarga los planes, o un mal jefe nos fastidia el trabajo con el que disfrutábamos, le estamos dando más poder en nuestra felicidad a una cosa o una persona externa, del que nos damos a nosotros.

Yo no puedo elegir el clima, pero sé que salir a pasear no es imposible con lluvia, sé que lo puedo disfrutar, e incluso, si tuviese un plan que sí se viese muy trastocado, puedo decidir hacer otros distintos, que también me gusten, y aprovechar el día.

Yo no puedo elegir a mis jefes, ni su carácter, pero sí puedo elegir disfrutar con mi trabajo, con cómo me enfrento a mi proyecto, con cómo desarrollo el documento, aunque sea bajo unas pautas que no me gusten. Lo que hago yo, sentada a mi mesa, cuando nadie me mira, depende más de mí que de los demás.

Y me gusta la gente que es capaz de hacer eso, de decidir aprovechar, de sacar placer de todo, de disfrutar de la lluvia, de observar Madrid bajo el cielo gris y notar el color distinto de las fachadas, el ruido de los coches sobre el suelo mojado, la humedad del ambiente y sus diferentes olores.

Porque elegir salir a pasear en un día de lluvia, y disfrutarlo, sólo depende de ellos, y lo aprovechan.

Cuando a ti se te tuercen los planes, ¿qué decides hacer?

Londres

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