pensamiento sistémico

El pensamiento sistémico se refiere a la forma de pensar que nos permite descubrir cómo interaccionan distintas partes de los sistemas, de los que sólo estamos percibiendo uno o varios componentes o sucesos. El resto de componentes, otras interacciones, las causas y las consecuencias, pueden estar alejados en el tiempo o en el espacio.

Por ejemplo, se han usado insecticidas que han hecho aumentar la cantidad de insectos en una zona, ¿cómo puede ser eso posible si los insecticidas matan a los insectos? Porque las consecuencias del insecticida pueden abarcar más cosas que la muerte de insectos: la muerte de los pájaros que se comen a los insectos, la resistencia de los insectos al insecticida, la llegada de otra variedad de insecto todavía más dañina… Las consecuencias son mayores de las previstas y todas pueden conllevar un aumento de los insectos o mayores daños que los que intentábamos evitar.

Otro ejemplo típico es solucionar los atascos de una zona aumentando la capacidad de las carreteras, y que un tiempo después resulte que los atascos han empeorado. ¿Por qué? Porque tras aumentar la capacidad, más gente de la zona decide viajar en coche, más empresas se instalan en esa zona que está tan bien comunicada y… la cantidad de coches aumenta, el tráfico empeora.

El hecho de que algunas consecuencias estén alejadas, hace que nos cueste verlas, ya que nos exige mucha más reflexión, muchos más datos y mucho más tiempo. Nos resulta mucho más fácil hacer lo contrario: unir hechos y supuestas consecuencias porque han ocurrido seguidos. Por ejemplo, el pesamiento supersticioso, que lo tenemos desde niños: si hoy voy con una camiseta roja y apruebo el examen que llevaba regular, quiere decir que me ha dado suerte. Aunque el ejemplo sea muy simplón, ¿quién no ha sentido la tentación de explicar de manera similar algo que le ha pasado? Es normal, ya que entender las causas y las consecuencias de nuestros actos es muy importante para nosotros, para tener la sensación de que controlamos lo que pasa, de que somos listos, de que nos podemos enfrentar a lo que nos rodea. Y lo somos, y podemos, aunque las causas estén más lejos.

Para utilizar el pensamiento sistémico conviene tener paciencia a la hora de apresurarse a intuir causas, por ejemplo, recomiendan que hasta que algo no ha ocurrido tres veces, no existe un patrón. Y  pararse a pensar qué está ocurriendo cuando algo me sucede tres veces, porque casi seguro que ha dejado de ser casualidad y yo estoy provocando eso sin darme cuenta: tres accidentes en el mismo sitio (problema de visibilidad, de que creo que ese sitio me lo conozco y no presto atención…). En estos sucesos recurrentes que me molestan, conviene pararse a pensar qué otros factores están influyendo en su aparición y después hacer un buen análisis del sistema completo con el que tomar decisiones. Es importante no perder de vista que sean tres veces, porque a menudo decimos “siempre me pasa ___” y el “siempre” quiere decir una vez que nos sentó fatal o un par de veces, y eso puede ser casualidad.

Pensar sistémicamente implica comprender que el todo es distinto a la suma de las partes y que habrá propiedades que, sin estar presentes en ninguna de las partes, aparezcan con la combinación de éstas (propiedades emergentes). Esto ocurre con cualquier sistema, con el de escritura: una palabra comprende muchos más significados, emociones y actitudes, que un conjunto de letras desordenadas. Y pasa a menudo en los grupos de personas, puede darse un grupo de amigos en el que, sin que nadie sea buen organizador, cuando todos se juntan parece que los planes salen solos, porque se ponen de acuerdo bien, porque cuando alguien empieza la búsqueda de información, otro hace la reserva y otro convoca al grupo… Y también pasa lo contrario, que en un grupo sin que nadie sea conflictivo, se acabe discutiendo a menudo, porque uno tiene la manía que otro no soporta, o porque cuando uno tiene un día de un poco de mal humor el resto empatizan para mal, se ponen de mal humor también, y acaban contagiándose el cabreo y discutiendo.

Comprender la pertenencia a los sistemas, las interacciones que esto conlleva y la aparición de propiedades emergentes es muy útil para aplicarlo a problemas que tienen varias partes o personas implicadas, como pueden ser problemas medioambientales, de una organización, de un equipo de trabajo, de una familia… El cuerpo humano es también un sistema, que a su vez está compuesto por otros muchos sistemas (nervioso, digestivo…). Las empresas actúan dentro de sistemas (políticos, económicos, sociales, dentro de su propio sector productivo, que es otro sistema…)

¿Cuándo conviene usar este tipo de pensamiento? Por un lado, siempre, ya que nos movemos constantemente dentro de diversos sistemas, como seres interconectados que somos,  pero claro, no es el pensamiento más rápido. Así que será útil tenerlo en cuenta en los casos en que estemos intentando hacer algún cambio y los resultados esperados no aparezcan, ya que es muy probable que lo que esté impidiendo la aparición de los resultados sean otras partes de ese sistema. Por ejemplo, es habitual que a la hora de hacer un cambio en las políticas o en el funcionamiento de una organización, no se vean resultados. Esto es así porque, habitualmente, la gente a la que afecta ese cambio tiene una forma de trabajar, unas costumbres, unos miedos y unas soluciones ya establecidas. Y oponen resistencia, o cuanto menos, necesitan acostumbrarse a la nueva forma de trabajar.

Pasa a la hora de hacer dieta, reduzo la cantidad de calorías ingeridas, pero al mismo tiempo también cambia mi metabolismo, lo cual explica lo lentos que son perder los segundos y terceros kilos y lo rápido que se produce el efecto rebote tras dejar la dieta. O cuando quieres cambiar de horario de levantarte y te cuesta porque los primeros días por la noche no tienes sueño… Es decir, ocurre en muchos ámbitos.

A ti, ¿en qué ámbito te cuesta más ver cambios?  o  ¿qué cosas que no te gusta te ocurren a menudo?

Recomendaciones de libros:

La quinta disciplina, Peter SENGE

Introducción al pensamiento sistémico, Joseph O’CONNOR, Ian Mc DERMOTT

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Trabajo en equipo

El trabajo en equipo es una disciplina, en la que no se nos ha educado. Y es una tarea que tenemos que llevar a cabo en muchas situaciones profesionales, y también personales. La habilidad para trabajar en equipo determina que un grupo de personas válidas y hábiles interactúen de forma eficiente y consigan sus objetivos.

Podemos acordarnos de equipos en los que hemos trabajado, o que hemos visto, que no avanzaban de la manera esperada y no conseguían los objetivos propuestos, a pesar de estar formado por profesionales brillantes. O podemos estar pensando en otros equipos, en los que la gente se organizaba de forma fantástica y conseguían sus metas, aportando todos, y en este caso, alcanzaban objetivos mayores que habrían resultado imposibles por separado.

¿Qué es lo que determina eso? La forma de trabajar como sistema. Comprender que el resultado obtenido depende de la interacción entre las partes de ese sistema. Y esto a veces nos resulta extraño, ya que no depende tanto de la calidad y la dedicación del trabajo que hacemos de forma independiente, como de nuestra coordinación al hacerlo.

La ventaja de trabajar en equipo, de manera coordinada, es que se pueden conseguir resultados finales mucho mayores a los que podría aportar cada persona por separado. Eso sí, si no hubiese coordinación a la hora de trabajar en equipo,  el resultado podría ser mucho peor que el que conseguíamos de forma independiente.

Está claro que no es  lo mismo escuchar una sinfonía, que cada una de las melodias de los diferentes instrumentos por separado. Pero para que suenen bien en conjunto, están coordinados y afinados. Si cada instrumento tocase a un ritmo distinto, y estuviesen desafinados, el resultado sería molesto para los oídos.

Y también pasa en las máquinas, en los sistemas tecnológicos: no es equivalente un ordenador que todos los conjuntos de circuitos y condensadores que lo componen, si no están conectados adecuadamente. Y en este último caso, puedo cambiar cada componente, puedo sustituirlo por otro de más calidad, pero seguiré sin ser capaz de trabajar con ese ordenador desmontado.

En los equipos es igual. Y las habilidades necesarias para conseguir sistemas humanos eficientes, se pueden aprender y entrenar: buena comunicación, buena coordinación en el reparto de tareas, compromiso con los objetivos comunes, toma de decisiones en conjunto…

Por eso hacemos coaching de equipo, para tener en cuenta las interacciones entre las personas que lo componen, mientras trabajamos con el equipo como organismo. De esta forma, el equipo entero se implica en detectar sus necesidades y resolverlas para aumentar su rendimiento.
¿Tienes interés en el coaching de equipos? Puedes escribirme.