¿quién tiene razón?

¿A quién no le gusta tener razón? ¿Quién no ha dicho alguna vez «ya lo sabía», «lo veía venir», «me daba a mí mala espina» o el típico «te lo dije»? ¿O quién no lo ha pensando, incluso en contra de sus propios intereses: «si ya sabía yo que no me iban a coger en este trabajo» , «si ya sospechaba que Fulanito me la estaba liando»…?

Claro, si casi siempre que pensamos algo así, acertamos, ¿cómo no vamos a tener razón?

Pues claro que la tenemos. Pero con una trampa: le pasa a todo el mundo. Todos tenemos razón. A la vez.

Tanto si yo creo que mi jefe es muy exigente, como si creo que mi amiga Menganita sólo se preocupa de sí misma, como si creo que mi hijo es el niño más despistado del mundo, como si creo lo contrario.

Si yo creo que mi jefe es un exigente y empiezo a sospechar que cada vez que le entregue algo, él va a criticar cosas, retocar ideas y cambiar texto, cada vez que yo me siente a trabajar, sabré que no lo estoy haciendo en la versión definitiva del documento, porque no lo va a aprobar.

Y mi concentración, mi motivación y mi estado de ánimo, a la hora de hacer el documento, será coherente con lo que me estoy imaginando, que no me van a aprobar el documento ni a felicitar por hacerlo. Y luego no me lo aprueban. Si ya lo sabía yo.

Con mi amiga Menganita pasa lo mismo. Si ya sé yo, cuando la llamo, que sólo está preocupada por su trabajo, por su pareja, por sus problemas. Si va a dar igual que yo le diga que necesito algo, que quiero verla, que tengo un problema, si ni me va a escuchar. Si ya me la conozco.

Y de los niños, qué os voy a contar, si el mío se pasa el día en Babia.  Cada vez que hablo con la profesora es siempre lo mismo: que hay días que se olvida de hacer los deberes, que algún día se ha olvidado el libro de matemáticas o de inglés en casa. Si tengo que pasarme yo el día detrás de él para decirle dónde ha puesto la mochila y dónde le dejo la merienda.

Por supuesto que tengo razón cuando pienso cualquiera de las tres cosas, los hechos me las confirman cada vez que hay ocasión, eso no hay quién lo discuta. Pero me surgen varias preguntas.

Si yo pensase que mi jefe reconoce el esfuerzo de los demás, ¿pensaría lo mismo cada vez que me ponga a hacer el documento? ¿lo haría más o menos concentrada?¿más o menos motivada? ¿la calidad de mi trabajo sería la misma?

Si pensase que mi amiga Menganita es muy buena amiga y una persona muy empática y atenta a los demás, ¿la llamaría más o menos a menudo? ¿le contaría más o menos preocupaciones mías?

Si creyese que a mi hijo no se le pasa ni una, que tiene muy buena memoria ¿estaría atenta yo a dónde deja la mochila? ¿me pasaría el día detrás de él recordándole dónde pone las cosas?

Pero no lo pienso, porque no es así, que ya los conozco yo.

Y es que todos tenemos ideas sobre los demás. También las tenemos sobre el mundo, sobre la justicia, sobre las relaciones, los roles, las capacidades nuestras y sobre las de la gente que conocemos… Y todas son válidas. Para mí una, para el otro la contraria. Válidas las dos. Válidas, porque nos ayudan a entender el mundo, a simplificarlo de una forma que nos haga digeribles todos los datos que recibimos a cada segundo. Porque si no, mi cerebro colapsaría: si cada vez que tengo que hablar con mi jefe tengo que prestar atención a todas sus palabras, todas sus pausas, la entonación y el acento de todas las frases, todos sus gestos, su postura, sus comportamientos… o los de mi amiga, o los de mi hijo, me quedaría paralizada y tardaría minutos o incluso horas en poder decidir yo mi comportamiento y responder.

Así que mi cerebro simplifica, generaliza, esquematiza. El mío y el del otro que tenía ideas contrarias. Y los dos tenemos razón. Porque nuestros esquemas mentales son igual de válidos, de reales…como esquemas, claro. Porque la realidad es otra, parecida, pero mucho más compleja.

¿Cuál es la razón, la verdad, la realidad? ¿Existen? ¿Donde está la trampa si yo tengo razón y el otro también y además de pensar cosas distintas, los hechos nos confirman a los dos nuestras ideas?

En que lo que yo pienso influye en cómo me siento y en cómo me comporto. Y en que mi manera de comportarme influye en cómo se comportan los demás, acorde a mi conducta y, en consecuencia, acorde a lo que yo pienso. Este último paso es la trampa, los demás se comportan conmigo acorde a lo que yo pienso de ellos. Y con el otro, acorde a lo que piensa él. Así que ¿para que va a aprender el hijo de nadie dónde coloca las cosas si sus padres están pendientes a todas horas? Bastante información tiene que procesar su cerebro como para estar atento a algo que los demás van a hacer por él, y además, sin que él se lo pida.

A esto se le llama de muchas maneras: profecía autocumplida, efecto Pigmalion, autocumplimiento de creencias, autoverificación de esquemas o modelos mentales…

Y pasa en muchos ámbitos: en el personal, en el profesional, a nivel empresarial e incluso a nivel institucional. Los esquemas que una organización adopta  inconscientemente, influyen en su estrategia. Y su estrategia influye en sus acciones, que influyen en las respuestas que le da «el resto del mundo», que conllevan una interpretación de qué ha pasado, de nuevo reforzando sus esquemas.

Qué fue antes: ¿un día de comportamiento exigente de mi jefe o un día en que estuve poco concentrado en el trabajo? ¿una temporada en que mi amiga Menganita tuvo un problema o un día que no me atreví a contarle el mío? ¿Un despiste de mi hijo o que me gusta ayudarle?

Pues el comportamiento exigente de mi jefe, la temporada en que mi amiga se absorbió en su vida y el despiste de mi hijo. Si ya lo sabía yo.

¿Que ya te imaginabas tú que este artículo no te iba a decir nada nuevo? Pues tenías razón.

Eso sí, si estás dispuesto a cambiar de parecer sobre una idea, algo muy recomendable cuando esa idea te molesta, cámbialo, y mira a ver qué pasa, porque es probable que, con esta idea nueva, sigas teniendo razón.

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