Consecuencias de la esperanza

¿Sirve de algo estar esperanzado, ilusionado, optimista, confiado en los objetivos que deseamos? La respuesta parece clara.

¿Es arriesgado? ¿El optimismo puede ser dañino? ¿Puede la esperanza ser perjudicial? Yo no he encontrado ningún estudio que así lo indique y hay algún psiquiatra reputado que afirma que tampoco *.

Sin embargo, todos hemos sido reacios alguna vez a esperar algo,a desear algo, como si lo fuésemos a gafar. O quizás por miedo al fracaso, a un fracaso que parece más probable en nuestra mente que el objeto de deseo.

Hay incluso quien convierte esa idea en su máxima de vida: si no deseo nada, si no espero nada, no puedo perderlo, y así no seré desgraciado ni infeliz.

Obviamente, la elección es de cada uno, al que le funcione, que siga con ella. Pero como en el coaching creemos en el cambio, si hay algún día que no le sirva, que vea que no tiene ilusión en nada, que no encuentra motivación, que se plantee que puede cambiar de idea y que para ilusionarse con la vida puede que necesite… ilusionarse.

Entonces, ¿hay algún lado oscuro de tener deseos y esperanza? ¿Por qué a veces no queremos tenerlos o nos negamos a identificarlos? Pues además del miedo a no conseguirlo, otras veces es por si lo que deseamos no es realista. Vale que ser realista a todos nos parece una virtud, al margen de que realistamente lo sea, pero ¿quién decide lo que es realista? ¿hay unas máximas universales que apliquen a la vida emocional, a los asuntos personales?

Desde el coaching, donde se trabaja con objetivos, sí se hace hincapié en que sea un objetivo realista, pero se suele necesitar más a menudo insistir en que la persona lo desee (porque no siempre queremos lo que creemos que queremos), en que concrete su objetivo de manera específica (porque suele ser abstracto, vago… y por lo tanto intangible o lejano), en que crea que es posible (porque si uno no lo cree, ni lo intenta) y en que esté motivado para dirigirse hacia él (otra vez la motivación, casi sinónimo de ilusión y de esperanza).

Tenemos miedo de ilusionarnos y de «perder el tiempo luchando» por algo que «igual no es realista», pero ¿qué tienen en común el miedo a la ilusión y los objetivos no realistas? Que muy a menudo no están concretados. Tenemos miedo a alguna consecuencia abstracta, no sabemos a cuál, y cuando la clarificamos o bien se desvanece el miedo o bien vemos que tenemos armas y planes b contra esa consecuencia, con lo que el miedo disminuye mucho.

Los objetivos «no realistas», a menudo, simplemente son poco concretos.

Por ejemplo: “Quiero ser el mejor en baloncesto”. ¿El mejor de dónde? ¿escuela, barrio, ciudad, país, del mundo? ¿el mejor en qué? ¿en tiros libres, en triples, en rapidez, en juego en equipo.. ? ¿y el mejor cuándo? ¿en el partido de mañana, en todos los del mes que viene, el año siguiente, durante los 10 próximos años? y sobre todo, ¿para qué? ¿Para estar más seguro de mí mismo, para que los del equipo me acepten, para que el entregador no me deje en el banquillo, para que mi padre no me riña, para ligar más con las chicas…?

En que el objetivo sea realista influye para cuándo lo quiero, cuántas veces, en qué situaciones… Y también influye mucho para qué lo quiero. No es lo mismo hacerlo por superarme, para lo cual puedo tener mucha ilución, que hacerlo para que Fulanita se fije en mí, porque si el día que mejor lo hago, ni me mira, igual dejo de estar motivado para ser el mejor, y además, ¿estoy seguro de que a Fulanita le gusta tanto el baloncesto? y lo más importante ¿está completamente bajo mi control lo que le gusta a Fulanita?

Si el objetivo, el objeto de tu ilusión, tiene un cuándo, un dónde, un para qué…ya tienes la mayor parte del camino hecho, ahora a por el cómo. Y si no tiene un cuándo, sino que es enorme, es que no es un objetivo, es tu misión de vida, y para ésa tiene uno todo el tiempo, toda la vida. Y tener ilusión en tu misión es fácil, esa esperanza es sanísima, no duele.  Lo que duele es sentir la necesidad de que lo que deseamos pase ya. El problema está en si me deprimo porque mañana no pasa, y pasado estoy ansiosa porque sigo sin verlo claro para el día siguiente.

120804_Islandia_P_09_con_firma_web

Voy a poner el ejemplo con el objetivo más grande: quiero ser feliz. Habría muchas cosas que concretar sobre esto ¿cómo eres feliz? Con la familia, los amigos… Con actividades creativas, con el deporte, con un trabajo motivador… Y sobre todo, ¿para cuándo lo quieres? Si uno lleva meses anclado en la tristeza no se va conseguir mañana, pero sí que se puede, desde ese día, reconocer pequeños momentos del día en que se siente uno a gusto o incluir actividades que aporten alegría. Pero hay que poner esperanza e ilusión. Y no exigir que la felicidad absoluta llegue al día siguiente, puede ser un proceso y se puede disfrutar de él. Y es que para mí, la idea de esperanza no es compatible con el desánimo un instante después.

En cualquier caso, ante la pregunta de si merece la pena tener esperanza, mi pregunta es la siguiente ¿qué te aporta la esperanza? ¿Qué estado de ánimo? ¿Qué energía? Si la respuesta es ilusión y mucha, pues entonces claro que merece la pena. Puede que no sucedan las cosas como uno quiere, pero que te quiten lo bailado. Más posibilidades tenías de conseguirlo estando ilusionado y además has disfrutado.

Si la respuesta es ansiedad, hay que replantearse por qué cosa, exactamente, concretamente y con detalles, voy a sentir ansiedad y por cuál esperanza. Y escoger, ¿qué prefieres: ansiedad o esperanza?

*. La fuerza del optimismo, Luis Rojas Marcos

 

Anuncios