¿tú también eres tímido?

¡Anda! qué casualidad, yo también. Vamos, que lo somos todos. Hay muy poca gente que no se defina como tímida, o que no diga que le dan vergüenza ciertas cosas como ligar, o hablar con alguien a quien conoce poco, o pedirle un aumento al jefe o equivocarse con lo que quiere pedir en la carnicería.

En parte, es normal, porque con la vida que conocemos, las emociones primarias (miedo, rabia, asco…) las usamos poco directamente aplicadas a la supervivencia, no hay ningún tigre que nos persiga por la selva y pocos alimentos que necesitemos oler para saber si están buenos, si los conservamos en el frigo. Así que tenemos muchas más emociones secundarias: culpa, orgullo, vergüenza…

Y las sentimos en el día a día y sobre todo con el resto de personas. Es con la gente que nos agrada con quien pasamos nuestros mejores momentos. Y es con la gente también, con la que más miedo pasamos, más vergüenza: miedo al rechazo, miedo a que nos critiquen, miedo a que se rían de nosotros, miedo a parecer torpes, a parecer ignorantes, o prepotentes, o sosos, o vergonzosos…

El inconveniente de todo esto es que nos pasa a muchos, y así nos va, que no nos atrevemos a hablar con el panadero, que nos cuesta hacer amistades nuevas, que no nos atrevemos a pedirle un aumento a nuestro jefe y él no se atreve a decirnos que hacemos bien nuestro trabajo…

La ventaja es la misma, que nos pasa a todos, que con unos pequeños gestos nos veremos muy recompensados. Por ejemplo, nosotros también le podemos decir a nuestros compañeros que nos gusta cómo hacen su trabajo, y les llamará la atención muy agradablemente, porque, por muy bien que lo hagan, no estarán acostumbrados a recibir elogios a menudo.

O podemos entrar a la panadería con una sonrisa, preguntar qué tal le va todo al panadero, y después ya pedir lo que queramos. Porque es posible que de cada cinco personas que compran allí todos los días sólo le salude una.

Y la vergüenza es normal, con ella aprendemos a movernos en sociedad, las normas de educación, a hacer amigos, y con quién no hacer amistad… Él problema es cuando la usamos tanto que en lugar de protegernos y ayudarnos a aprender, nos impide avanzar.

Y es que puede ser más agradable la vida si en vez de prever rechazo o abandono, y la vergüenza y el miedo consiguientes, asumimos que la gente nos va a tratar bien, porque es como les gustan que les traten a ellos. Si en vez de anticipar suspicacias o críticas, pensamos que el de enfrente también está preocupado por sus propios problemas e incluso puede que, en su propia timidez, también haya imaginado eso en nosotros alguna vez.

Pues cambiarlo es fácil:

– dile todos los días algun elogio a alguien cercano: sincero, algo que creas que hace bien, o si no se te ocurre nada, alaba una prenda de ropa que lleve, pero que te guste de verdad. Todo el mundo, absolutamente todo el mundo, tiene alguna virtud que nos parece admirable, y podemos empezar a hacer esto con los que nos parece que más tienen.

– cada vez que entres en una tienda, o arregles unos papeles o trates con un desconocido: sé amable, dedícale unos minutos de charla, empezar por un qué tal es sencillo. Al tendero qué vemos todos los días le podemos preguntar qué tal le va el día, el mes, la semana… Al que no conocemos tanto le podemos preguntar si lleva un día muy ajetreado, y así con cualquiera. Puede ser cualquier tema intranscendente, pero en la mayor parte de los casos le agradará que alguien le trate como a una persona y no como “el que responde o despacha al otro lado del mostrador”.

Además, que esto tiene una vuelta de tuerca más: además de perder poco a poco la timidez, porque la gente nos dejará de dar miedo, tendremos muchos más momentos agradables con la gente, que nos tratará recíprocamente y… ¿a quién no le gusta que le traten bien?

Fotografía de Carolina Soria

Fotografía de Carolina Soria

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